Los buenos tratos infantiles y el desarrollo del cerebro.

By 1 junio, 2017articulos
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Por Ps. Carmen Gloria Meza

Los buenos tratos, específicamente los cuidados, la estimulación y la protección que reciben los niños, son determinantes para la configuración de un cerebro sano, con capacidad para responder a todos los retos de una existencia infantil y, más tarde, a los de una vida adulta.

Los seres humanos nacemos con un cerebro inmaduro, el que se organiza por el establecimiento y desarrollo de las conexiones neurológicas en los primeros años de vida. De esta forma, en la especie humana, es determinante la estimulación cerebral, a través de la exposición de la guagua al entorno físico, social y cultural (Acarín, 2001).  La extrema dependencia de los bebés humanos respecto a los cuidados, la estimulación y protección de, por lo menos un adulto con competencias, es una cuestión de vida o muerte.

Uno de los acontecimientos científicos más importantes de estas últimas décadas, ha sido demostrar que la existencia y calidad de las relaciones interpersonales, son las responsables de la organización, la maduración y el desarrollo cerebral.

Esto explica el papel fundamental que tiene el ejercicio de una parentalidad suficientemente sana y competente, para garantizar la vida de las crías humanas y su sano desarrollo.

Los buenos tratos son el resultado de competencias que los adultos han podido desarrollar, gracias al hecho de haber crecido, ellos mismos, en contextos familiares y sociales donde fueron suficientemente bien tratados, lo que les ha permitido un desarrollo adecuado de su cerebro y de su mente.

Al tener hijos, estas experiencias se traducen en capacidades para ofrecer cuidados, comunicación, estimulación, protección y educación a lo largo de su desarrollo, hasta que logran su madurez y autonomía como adultos.

A su vez, dichas experiencias son estímulos fundamentales para la organización, maduración y desarrollo adecuado del cerebro. Esto es válido para todas las edades infantiles, pero en particular para los niños de cero a tres años.

Los niños (y más los bebés), requieren satisfacer sus necesidades en un contexto amoroso, para calmarse de la excitación provocada por sus estados de necesidad, proteger la integridad de la estructura cerebral y estimular la creación de las diferentes áreas del cerebro responsables del funcionamiento de su mente.

Diversas investigaciones demuestran esta interrelación entre las atenciones y los contactos físicos que las guaguas reciben de los adultos de su entorno, y el desarrollo de su cerebro. Los niños necesitan sentir caricias, ser tocados, estar en brazos de sus padres, no únicamente para satisfacer una necesidad psicológica fundamental, la de establecer vínculos, sino también, como ya lo hemos señalado, para permitir la finalización de la maduración de su cerebro (Rygaard, 2008).

Especialmente el vínculo personal o apego de la guagua con su madre, afecta las funciones cerebrales y la construcción de sus estructuras. Los estudios sobre el cerebro, han demostrado que tan importante como aportar a los niños una alimentación adecuada y equilibrada, es acariciarlos con la voz y con las manos. Lo mismo al mecerlos, no sólo porque esto los calma, sino porque además, les produce una estimulación del vestíbulo, la parte del oído interno responsable de la regulación del equilibrio. Hay descubrimientos según los cuales, el acercamiento sensorial de la madre a su guagua, contribuye al desarrollo anatómico de las dendritas, estructuras receptivas de las células nerviosas.

En la actualidad, sabemos que los progresos en el desarrollo de los niños, ya sea a nivel motor, cognitivo, afectivo o social, son el resultado de la estimulación y los buenos tratos, que estimulan a su vez, la formación de nuevas redes neuronales. Dichas redes neuronales, acompañadas por el proceso de mielinización, configuran las diversas regiones del cerebro, que asumirán nuevas tareas y funciones, y que, en definitiva, explican «el milagro» del desarrollo infantil (Rygaard, 2008).

Sin los cuidados de un adulto competente, el cerebro de un niño corre el riesgo de desorganizarse o atrofiarse, tal como lo revelan las imágenes obtenidas a través de la tomografía computarizada o de la resonancia magnética de cerebros de niños privados de alimentos, de afecto y estimulación, así como los afectados por contextos de estrés o de lesiones resultado de malos tratos físicos (Gómez de Terreros, Serrano Urbano y Martínez Martín, 2006).

Teniendo la experiencia del buen trato, los niños pueden integrar los límites de la realidad, aceptar la autoridad, manejar mejor sus deseos y sus frustraciones, así como desarrollar la empatía necesaria para garantizar un desempeño social adecuado, todo lo cual, se traduce en el desarrollo de una identidad individual y social sana.

Los adultos, tanto del ámbito familiar como social, también contribuyen a este proceso, proporcionando a los niños relatos coherentes, verídicos y respetuosos de sus historias familiares y culturales, así como valores inspirados en el respeto a los derechos humanos fundamentales.

Esta mirada no pretende culpabilizar a los padres, sino hacerlos responsables de lo que hacen con sus hijos, y al mismo tiempo, reconocer que ellos hacen lo que hacen, porque están modelados por sus propias historias infantiles, que, a su vez, han modelado sus cerebros y sus mentes.

Pero ¿qué pasa con los niños que han vivido carencias y malos tratos en sus primeros años?, ¿podemos apoyarlos?

Según el tipo y la duración de estos malos tratos, la reparación y la evolución hacia un bienestar personal, pueden ser más ó menos lentas y complejas.

Sin embargo, el apoyo externo sí puede hacer una diferencia, por ejemplo en la modalidad de un acompañamiento terapéutico, que le permita a los niños la reparación de los daños sufridos. En la forma de un marco proteccional estatal, que incluye lo legal. Y también en los buenos tratos recibidos por todos aquellos adultos que interactuamos con los niños, ya sea en el ámbito educacional, de salud, de diversas redes sociales formales e informales, etc.

(Texto utilizado: “Los desafíos Invisibles de ser madre ó padre”. Manual de evaluación de las competencias y la resiliencia parental. Jorge Barudy y Marjorie Dantagnan. Mayo 2010. Barcelona. Editorial Gedisa).

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